miércoles, 30 de septiembre de 2020

Te devuelvo tu cielo

Max miró al cielo. Sostenía en su mano una de las antiguas fotos que esa mañana había revelado. Volvió a contemplar la imagen; era como si la realidad quedara plasmada en el papel, adquiriendo su olor a humedad…

2018, La Mancha

Sobrevolé el humedal que se proyectaba saturado. Su riqueza natural me conmovía al pensar en disfrutar del descanso, en paz; pues yo, un pequeño carricerín cejudo, estaba amenazado y en peligro de extinción. Me sentía tan vulnerable… tan frágil, pero tan fuerte en mi hábitat natural que no paraba de batir mis alas.

Observé al hombre que se secaba el sudor de su frente. Había trabajado tanto… Pensé en sus esfuerzos por restaurar la acequia para el regadío. Todo un éxito, pues llevaba años en desuso, oculta por la exuberante vegetación que había crecido sin compasión alguna. El rastrojo acumulado lo retiró con un rebaño de ovejas que pastaron durante casi un mes en el interior del humedal.

Había creado el hábitat perfecto para que yo sobreviviera… Era agosto y aquel hombre me había conquistado, había sucumbido anhelante a la ruta migratoria del otoño.

El humedal de La Mancha esperaba ansioso… y el cielo también.

 

 

 



 

miércoles, 24 de octubre de 2018

Duele mirar atrás...


La luz de la luna se adentra por la claraboya. Parece distraerse entre la penumbra de la estancia donde me encuentro como invitada por cortesía de la vida; formando parte de sus recuerdos, aquellos que conservo en media vida ya vivida; pues mi memoria se va desvaneciendo como la arcilla bajo la lluvia.
¡Sacadme de aquí y llevadme a soñar!
El pasado me sorprende tocando con su flecha dorada, que me atraviesa y deja huecos sin reparar…
Cuando de niña jugaba con mi lechera de zinc por el camino de tierra; tan feliz por ver de nuevo las vacas de la señora Carmela, con sus manchas oscuras y sus toscos cencerros imitando collares.
Cuando saltaba sobre las piedras y olía el campo con sus amapolas rojas sin ninguna prisa.
Solo viendo el tiempo pasar entre las espigas…

martes, 16 de octubre de 2018

Y el mar... voló

Con este microrrelato he quedado 4º Finalista en el Concurso de “DE TESTIGO EL MAR”, convocado por Letras con Arte. Mi obra “Y el mar… voló” está en la página 29-30 del Libro Antología. 


Soplé bajo los troncos tortuosos de corteza fuerte y protectora que me daban sombra, con sus grandes hojas, coriáceas y de superficie cerosa. Tumbado, observaba el cielo límpido y azul. Empecé a pensar, quizás imaginé…; y las hojas en forma de roseta parecían acariciarme osciladas por la brisa del viento.

Quiero coger un lápiz y aprender a escribir para tener un futuro en el que existir. Necesito saber leer para entender el mundo y poder compartir. Deseo encontrar la paz y alejar el sufrimiento que me ha tocado de lleno; subsistir para poder vivir…
Porque he perdido, la brújula de mi vida ha dejado de apuntar al norte con su aguja de esperanza…

El mar me susurra en el ocaso. Ahora está en calma, nostálgico en sus olas vencidas de sal. Esparció sus algas y voló, dejando su furia tras el eco de mi cansada voz.
Y me habla bajito, silente, relatando sus grandes y pequeñas historias…
De aquel navío que desplegó sus velas en busca del horizonte, sin rumbo. Buscando una vida mejor en un trocito de aire, dando un paso por delante, superando naufragios y severas tormentas. Y me cuenta más…
En la noche, se escucha un canto…
Es el del mar que me canturrea sus nanas para acunarme en su paz. Ha dejado de arrastrarme, de vapulearme violento en su envoltura fría y salobre. De azotarme con sus erizadas puntas que me ahogaban sucumbiendo a su rabia, a sus embates de desamor.
Un día más, y el mar me consuela porque estoy solo; ni siquiera me llega la voz de mi lejana tierra, tan distante ya, tan quimérica y etérea. Se me borra su querencia entre las nubes que me miran lejanas, ajenas a mi desventura. Algodonosas surcan el cielo y se van de mí, perdiéndose entre el graznido de las gaviotas; como mi propia historia que se desvanece junto con mi identidad.
La brisa me escupe arena dorada enredada de algas. Parece mentira, pero ya pasó. Ya no hay miedo. Mi mar voló de nuevo bajo la mirada de blancas gaviotas… y me dijo adiós.
Respiro.
Suspiro.
Y el mar es testigo de que estoy vivo…

jueves, 13 de septiembre de 2018

Cántame una nana


Un gran maestro como Machado en su poema ‘’A orillas del Duero’’, ya describe con un tono pesimista pero magistral, la situación de las tierras de Castilla. Por eso, hago referencia a los Poblados despoblados escribiendo un relato publicado en el II Certamen Literario Letras y Diezmo.


Parecía que el tiempo se había detenido para siempre. Incluso el viento, ni siquiera, se quejaba como antes. Estaba callado, dormitando sigiloso entre los huérfanos muros que se sostenían pese al abandono; meciéndose entre las sombrías ruinas que quedaron atrapadas por la vegetación reseca. Tampoco suspiraba ya por aquellos molinos vestidos de cal; harineros, enterrados en su propio polvo de blanco y nácar; vulnerables, gastados y mudos, envejecidos; resistiendo tras el dolor y la tristeza de los suyos, de todos los que habían partido dejando atrás sus anhelos.
Ya no se lloraba por las ausencias; pues la tierra se había abandonado en el olvido, consintiendo tan solo que su eco susurrara a ese viento que, alguna que otra vez, aparecía para golpear despacio; haciendo sentir que aún latía la vida. Aquella vida que un día fue dehesa de abundantes pastos; la que sin prisa, fluía caprichosa en el río de agua clara. La que cantaba una nana en la vieja casona de La Miñosa.
¿Es el recuerdo el que duerme en el olvido?
Me lo pregunté, melancólico, en el silencio del atardecer mientras contemplaba aquel paisaje vacío. Entonces, apartando mi pesada maleta, me agaché con brío para acariciar la tierra que me vio nacer. Cogí un puñado con mis manos y aferrándome a ella, la apreté con fuerza para que, no escapara entre mis dedos y, otra vez, volara sin decir nada.
Y sentí su olor al caer la lluvia, su candor cuando abrasaba el sol y el sudor de su rostro cuando se la araba; ostentando su sutil belleza.
Reviví todo con añoranza…; queriendo escuchar sin pausas, su nana bajo las estrellas.

lunes, 28 de mayo de 2018

El rostro que nos mira

MICRORRELATO PUBLICADO EN EL II CONCURSO "TOLEDO CONTIGO".


Su mirada se diluía en la luz que chocaba contra el alféizar. Giró su rostro hacia el ovalado espejo y continuó la tarea: pintarse con mucho esmero y, soñar…
Para que la lluvia, con sus gotitas de agua, no fuera capaz de derretir ese personaje inventado; para no ahogar su corazón abatido que, aún latía.

Caminó despacio, atrapado por la soledad de la calle, y llegó a su rincón favorito de cada día; el que habitaba, optimista, pese a todo.
Al rato, esa calle se abarrotó de turistas. Alguien, con una cámara, capturaba la instantánea perfecta.
Encandilada, se detuvo e hizo clic…; superando la belleza. No era efímero, ni invisible; aunque el resto, pasara sin detenerse.
Un guiño, un mohín, una sonrisa de sus labios de fresa. Ella, dejó unas monedas en su caja; suspiros que gritaban su nombre…

Triste mimo.
Existes en mi ciudad.
Y Toledo se estremece de esperanza…




miércoles, 7 de febrero de 2018

Y soñamos...


Las agujas de un reloj marcaron tan solo el tiempo que se había desvanecido tras el silencio. Un silencio que, poco a poco, recobró la vida…
            Tal vez, fue la emoción de aquel momento la que cautivó su atención o, simplemente, fueron las palabras escapadas de los libros. Y ellas, soñadoras quizás, fantasearan ser cual personaje de una historia; puede que, también, el animalito de unos versos acompasados con su moraleja. Alguna, prefiriendo mejor, la bailarina de un relato susurrado al oído. Otras, la mariposa que despliega sus alas para volar al viento y contarle un cuento. O la hoja que cae rendida a los pies del árbol y se queda allí, muda y callada sin decir nada. Y pasa la lluvia para besarla despacio con sus gotitas de agua; y llega la brisa para acariciarla sin prisa. Pero entonces, sale el sol y con sus rayos de oro la cambia el color…
¡Qué bello imaginar!
¡Qué bonito crear!
¡Qué hermoso leer para sentir y vibrar!
Porque todo es, sencillamente, soñar.

Dedicado al Club de Lectura Fácil “Las Soñadoras”.
CECAP  Servicio de Capacitación
Biblioteca de Castilla-La Mancha
Ana María Chiquito Román


 


martes, 12 de diciembre de 2017

Cadenza improvisada

Relato seleccionado para formar parte del libro "LAS 7 NOTAS MUSICALES" en el V Concurso nacional TONO ESCOBEDO de Relatos Breves 2017 en la Categoría Sol.

Amanecía lentamente, como si no quisiera hacerlo. Aún permanecía tirada sobre las baldosas verde oliva. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que…

El silencio suspiraba entre las luces y sombras que se desdibujaban por la estancia. Rota por el dolor, parecía una oruga replegada sobre su piel desnuda; con ausencia de movimiento, inerte y frágil. Ni siquiera sentía el calor que había abandonado la tibieza de la chimenea, ahora apática e insensible a las brasas avivadas por el fuelle. Intentó abrir los párpados derrotados por el sufrimiento, pero le costaba trabajo. Seguían perezosos y abultados, tan solo marcados por una tonalidad violácea. Se sentía pequeña y abandonada sobre las duras baldosas que la subyugaban.

Unos acordes resonaron en la lejanía. Tal vez, una pieza o un fragmento de una obra; pensó. Sería el vecino ensayando con su piano. La cadenza… ese vocablo italiano de estilo tan “libre”. Y una nota musical, tan solo una, le hizo extenderse sobre el verde oliva, dejando olvidados el dolor y las tristezas.

Sol. Y los rayos del sol se entrevieron tras los cristales, desprendiendo toda su luz. La vida emergía después de la oscura noche.

Nunca más sería oruga…alzaría el vuelo como mariposa.

lunes, 30 de octubre de 2017

Oscilante adiós

Microrrelato seleccionado por el jurado para su publicación en la Antología "Historias de Otoño e Invierno" de la editorial Letras con Arte.

Contemplaba el ligero verdor que, aún, se podía percibir en el entorno; pues, casi todo, se había desvanecido tras el estío desparramándose en matices dorados, rojizos y ocres desdibujados como hebras nervudas que se iban secando, poco a poco, al igual que la existencia misma. Y observó como la piel verdosa quedaba desnuda, frágil; esperando que el rocío de la mañana avivara, otra vez, aquel color flojo e inerte. Un rocío de un otoño que se hacía ver en las enredaderas atrapadas por los muros.
Y notaba que ese otoño había llegado sin pereza, arrugando y marchitando las formas naturales sin compasión alguna; para que la belleza, esa misma que había conquistado aquellos ennegrecidos muros, se evaporara como la misma vida. La que, también, se escapaba en silencio y sin decir, siquiera, nada.
Seguía mirando, casi sin pestañear; como el que quiere encontrar algo, puede que la esperanza. Y vio cómo caía, perdida y sola; esperando que el invierno la avejentara ya por completo, sin mirarla y sin tenerla en cuenta. Aguardando que la revolviera con su gélido viento, con el arropo de su constante frío para no volver tras los suspiros; aquellos con los que las ramas la dejaban olvidada y triste. Como la vida, pensó él; la de pocos o, quizás, la de muchos…; la que se borraba tras sus historias sin dejar, siquiera, huella.
Y vio otra hoja caer de nuevo; una más en la maraña. ¡Qué importaba! Ya nada. Porque el otoño se despediría con su oscilante adiós dando paso a un invierno deslucido y gris, sin matices ni radiantes colores; prolongando el vacío que dejarían las hojas, las que saturaban el parque y morían en la plazuela…
Porque el parque enmudecería desierto; perdiéndose entre sus árboles las vocecillas de los niños que jugaban al escondite. Y las vecinas ya no se juntarían para sus charlas en la plazuela. Porque ella, también, se adormecería con tan solo el murmullo de su fuente; subsistiría sombría bajo las estrellas.
                                                                                                          


sábado, 15 de julio de 2017

Caricias de arena


MICRORRELATO

Rabia cargada de olas que, entre lágrimas, chocan
en un abismo de sal que ruge y se estremece por frío…
Y él, tan frágil, en medio de espuma y plata.
Náufrago  que escucha, otra vez, el grito ahogado de la madre amada.
Rabia agónica de olas que, entre llantos, lo agitan;
y como un pez herido, lo olvidan en una playa cualquiera.
Y él, tan frágil, suspira. 
Abre su mano y besa…
Acaricia la esperanza sobre arena dorada.


miércoles, 21 de junio de 2017

ENTRE LIENZOS... TU SONRISA


El pasado 16 de febrero se publicó mi primera novela cuya historia de relojes que van y vienen va más allá del presente... Una historia que está removiendo las emociones de muchos lectores pues habla del amor que alumbra lo que perdura, porque es eterno y nunca se olvida. Un tiempo pasado lleno de recuerdos que vuelve a resurgir a través de unas cartas. Un homenaje a nuestros queridos abuelos que nos dejaron y aportaron tanto: su experiencia, su ternura y su pasión por la vida... Y, entre medias, mariposas.


Mi novela se puede adquirir en cualquier librería, en Amazon o en la Web de Editorial Celya. Os invito a leer esta historia que un día escribí para compartir...


jueves, 2 de febrero de 2017

Ni siquiera la bruma...


Relato seleccionado por el jurado para su publicación en la Antología "Sueños" de la editorial Letras con Arte.

La niebla penetraba en el horizonte dejando morir su sol al que no dejaba, ni siquiera, salir. Incluso las luces de unas embarcaciones, languidecían como descorazonadas por el frío del tiempo. La vida parecía ausentarse adormecida por el invierno; no se oía nada entre las rocas abatidas de silencios mudos y escasos recuerdos.

Aun así, algo parecía emerger sobre la arena, aunque fuera en secreto. Se levantaba como quién busca la luz, pero sin decir palabra; sin llorar ni gritar al viento.
A su lado, alguien abrió los ojos al infinito y miró bajo la frágil transparencia de sus propias lágrimas. Caían, sí; pero no derrotadas. Se abrían y dispersaban buscando el refugio de sus sueños; deshojando su corazón de miedo y devolviéndole sus anhelos. Y dentro de todos los sueños, había uno que existía en su mente y que, poco a poco, florecía; sin llorar ni gritar al viento.

Un rayo de timidez alumbraba en aquel horizonte que olía a sal y a esperanza. Y entonces, volvió a fijarse en la florecilla que brotaba entre las oquedades del acantilado; elevando sus hojas hacia la luz, realzando así su belleza. ¿Era real o, quizás, soñaba? Ni siquiera la bruma podía empequeñecerla. Ya, no era un secreto tierra adentro.

Y habló al viento. Le contó, despacio y en calma, su sueño: escapar entre las agitadas olas.

Entonces, le describió aquel lugar. El que imaginaba detrás del horizonte de humedad y niebla; aquel con el que fantaseaba desde que era niña y el cual, había oído decir, se perdía en el verde de profundos valles y en rojizos campos de amapolas salvajes. Donde el olor de las flores te sorprendía de pronto, y donde las gaviotas zancudas sobrevolaban el cielo; sin llorar, pero gritando al viento libertad.

Y el viento contestó apasionado, queriendo cumplir su sueño.

Las olas se adentraron estremeciendo la playa. Unos pies desnudos se dejaron acariciar por ellas. Entonces, suspiró. Y de un salto, entró en la barcaza junto a muchos más; y se despidió, dejando a la florecilla besar la arena.

Ahora, tan solo olió la sal del mar. La barcaza partió sin más; aventurera y sin rumbo. Ni siquiera la bruma podía empequeñecerla.

Y ella, se dejó llevar.

lunes, 9 de enero de 2017

Cuando las olas se hacen mar


Microrrelato inspirado en el recuerdo...
El verano se marchaba dejando que la humedad del otoño cayera sobre la plaza, con la atmósfera y la rutina de siempre; pues allí se juntaban los mismos que de costumbre; y él, casi nunca faltaba.
Era como un ser flotante e inseguro en medio de aquella plaza; pues cuando el cerebro se desplaza más allá del tiempo y del espacio, la mente se oscurece. Ya no tenía ideas propias ni casi recuerdos. Aquel señor de semblante dulce, era mi abuelo; pero pensé que podía ser otro cualquiera.
Y observé su mundo adentrándome en él, para descubrir que todo es posible si existe voluntad y amor. Que hay olas grandes que nos alcanzan e invaden, pero que luego pasan y se vuelven parte del mar, otra vez en calma. Y ese mar era bonito.
Me acerqué a él seducida por su esencia, y sonreí.
Quizás, fue para siempre.





domingo, 6 de noviembre de 2016

A través del cristal

Microrrelato seleccionado en la Categoría del color Naranja por el jurado del IV Concurso Literario Tono Escobedo para ser publicado en el libro "Los 7 colores del Arcoíris".


Despierto, en calma, para esperar un nuevo día. Hoy parece  que el viento se queja; pues a través de la ventana observo el caer de las hojas que desnudan, poco a poco, los árboles del otoño que quiere volver a sus tonos naranjas. Y, como cada día que transcurre, la veo aparecer tras el cristal haciéndome sonreír y querer, sin más, volar. Deslumbrante y apasionada, también viste de naranja. Baila ante mis ojos atrapándome con la dulzura de sus giros. Y, como por costumbre, se posa tranquila contrastando con el verde de una vieja maceta; haciendo caso omiso del viento que ruge queriéndola llevar tras él.

Alargo mi mano, todo lo que puedo, para poder tocarla. Pero únicamente, siento el frío cristal humedecido por el vaho de la mañana. Ni siquiera puedo incorporarme de esta cama que, impasible, me retiene como espectadora de la vida.

Y la vuelvo a contemplar queriendo acariciarla. Y ella se contonea graciosa ante mi frágil mirada, al ritmo del tic tac de un reloj de pared.
Pasa el tiempo, deprisa o despacio; y mientras, sueño.

El silencio habla.

Algún día podré volar, como ella…

Y besar sus anaranjadas alas de mariposa.

sábado, 22 de octubre de 2016

Vacío invernal






Relato seleccionado por el jurado para su publicación en la Antología "Vivencias" de la editorial Letras con Arte.

Puede que este relato tenga una parte real y otra imaginaria; pero lo que realmente queda en nuestras vidas, es esa esencia que nos dejaron y que siempre deja una profunda huella.

Recuerdo aquel verano en el que las cosas cambiaron de pronto, puede que no encontrasen su rumbo; pues aunque la vida ya se había ocupado de volver, poco a poco, esas cosas al revés, hubo un antes y un después que dejaron una huella en mi vida.

Era el tiempo en el que florecían los geranios en el patio de la casa. Ahora, la habitación del fondo ya no estaba desocupada  ni silenciosa. Alguien se dedicaba a que la radio sonase cada mañana y a leer el periódico casi a diario, descorriendo las cortinas para dejar que la luz se filtrase por los ventanales. 

El viento se mostraba poderoso; haciendo que los abultados geranios, que se veían a través de los cristales, se secasen lentamente por el estío. Y así como el viento iba y venía con sus aires de sofoco, el ritmo de la vida nos sorprendió; de tal manera, que fue invadiendo mi alma dejándola desconsolada.

Pues cuando la desmemoria ocupa una parte importante de la persona, haciéndose dueña de todo su ser, hay un vacío que prospera hasta llegar al invierno; ese invierno que deja atrás el verano en el que, incluso los sueños, se borran sin dejar pasado. Entonces, son las hojas rejuntadas en el patio, las que ya parecen tener frío, o puede que tengan miedo. Ese miedo que nos alcanza dejándonos heridos…; cuando la mente de alguien se escapa por los rincones, sin saber el porqué, o sin atender a razones.

Y eso fue lo que ocurrió aquel agosto. Ese alguien que cada día encendía su radio y desdoblaba el periódico con sus arrugadas manos, era mi abuelo. Poco a poco, sus vivencias desaparecieron bajo el frío y la oscuridad de su percepción. Y aunque aún reía, su risa se agotó despacio bajo las sombras de la habitación del fondo. 

Ni siquiera se oía el runrún de las tertulias que cada día escuchaba; pues aquella vieja radio también moría con él. Y sus recuerdos, dejaron de llenar su soledad haciéndola más profunda o, quizás, más triste; porque lo conocido, ahora se olvidó como si tuviera prisa por alejarse, de él y de nuestras vidas. Así, los placenteros colores que nos regaló aquel verano, volaron…; alterándose, de repente, por colores cenicientos que quedaron.

Pero hoy, ha vuelto a amanecer; y no es poco.


sábado, 10 de septiembre de 2016

Rosáceo infinito







Relato seleccionado por el jurado para su publicación en la Antología "Musas de verano" de la editorial Letras con Arte.


Vivo de una sonrisa…

El todoterreno parecía volar en medio del desierto. Mientras, el aire seco entraba por la ventanilla dejando evidencia de su sofocante calor; haciendo que mi piel resudara por todas partes. El ritmo lento de una canción africana se escapaba por el aparato de radio y yo, imbuida de nostalgia, me dejaba seducir por el color rojizo del horizonte. Y pensé en viajeros de todos los tiempos que, fascinados, habrían sucumbido a todos esos encantos. Nada podía ser más auténtico.

Pasaron horas, y después minutos que parecían precipitarse alocados en la arena, y en la polvareda revuelta por entre las ruedas. Entonces, sentí la euforia del reencuentro. Y miré, otra vez, aquel horizonte que se perfilaba de un tono sutil y rosáceo.

Allá, varias dunas simulaban esconderse y, unos cuantos bereberes, de turbantes negros y mares de tierra, saludaban afables a nuestro paso. Continuamos en esa aventura de descubrir una y más sensaciones a través de aquella feroz sabana, tan áspera y salvaje; pero, a la vez, tan enigmática y sublime; en aquel viaje amenizado por un grupo de avestruces que corrían asustadas, varios antílopes, y unas cuantas gacelas blancas alimentándose con vainas de algunas acacias; y al final del trayecto, solamente quedaba la calma de la espera. El todoterreno se paró de repente y en seco. Los frenos se quejaron dejando su eco en la profundidad del desierto. Una envolvente nube de polvo me rodeó impasible cegándome la visión por completo. Entonces, como un pequeño prodigio, se quiso hacer hueco la tímida claridad. Y en la realidad presente visualicé, entre las palmeras, tu graciosa imagen.

Te vi... triunfé, y corrí hacia ti.
Y el cielo se llenó de un rosáceo infinito.

Un abrazo y, luego, muchos más entretejidos; escapando desatados como los sueltos cordones de mis zapatillas; jugueteando inquietos con tu pequeña sonrisa, sin siquiera querer parar ni por un solo momento. Con mis dedos, revolvía tu pelo; asegurándote que ninguna noche oscura te robaría tus sueños; y tus rizos se entretenían sin prisa, enredados en mis manos. Y de repente, tu risa: espontánea y libre; la que hizo que unas lágrimas provocadas manaran en el árido desierto. Era un encuentro, el nuestro; el que busqué durante tiempo. Ahora, mi corazón no cabía en mí…; por mi regreso a ti, porque ya te sentía dentro.

Y bajo el rosáceo infinito… te quise para siempre.








martes, 30 de agosto de 2016

Nubes viajeras


 

“Tu luz amanece, tu color rompe el día;
 se mezclan ante mi mirar,
belleza especial de candor singular.
Tu olor me llena, me invade…
Toda tú,  clareas en mis pupilas.”



Marruecos, mayo 2010
Podía contemplar el mar; tranquilo, libre de olas. La calma era absoluta. Una paz infinita me atrapaba de modo inusual; nunca me había sentido tan feliz y tan completa. La luz del atardecer caía sobre mi rostro dejando una ligera capa de vapor a su paso. Suspiraba. Por fin, sentía algo muy diferente aunque no pudiera, ni siquiera, expresarlo con palabras.
Desde la terraza de cal tan blanca como lana contemplé de nuevo el mar y las nubes; nubes viajeras estampadas sobre un cielo pintado de azul, recogidas como si tuviesen frío. Y ese cielo tan puro que miraba era de un azul tan etéreo que se me antojó algún cuadro del Romanticismo; que me hizo evocar aquel bellísimo óleo que guardaba, desde hacía tiempo, en mi memoria: “El caminante sobre el mar de nubes” (1818), de Caspar David Friedrich. Cerré los ojos y simplemente me dejé llevar por su viajero…

Miré hacia abajo inclinándome un poco sobre la baranda. La pendiente era sobrecogedora a la misma vez que hermosa: con rocas costaneras que sobresalían como puntas escarpadas; inclinadas unas y otras, esculpidas trazando infinitas formas.
De pronto el tintineo de unos platillos me sobresaltó sacándome con brusquedad de mis pensamientos. Era Karima, la cual servía té caliente con hierbabuena junto con pastelitos de pistacho. Era una tarde perfecta, pensé para mis adentros; no podía ser mejor. Al momento, alguien hizo sonar la campanilla de afuera. Me coloqué las babuchas y entré en la casa sintiendo su vaporoso aliento. Abrí con premura la pesada puerta y mi cara se iluminó entera; mucho más que la luz que había dorado mi rostro minutos antes bajo el atardecer de Tánger.

España, junio 2009
Una brisa fresca liaba las cortinas corridas del salón. Los ventanales permanecían abiertos a la luz de la tarde, de par en par; pues ese día el calor había sido sofocante. Olivia, tendida en el sofá, repasaba unas notas de trabajo mientras sorbía las últimas gotas de un té helado, más bien ya derretido dentro del vaso. Oía las vocecillas de los niños de la casa de enfrente; parecían jugar y sus risas llegaban con un suave eco. Las cortinas se mecían una vez hacia adelante y otra, hacia atrás; distraídas se enredaban creando diversas formas, como si quisieran rehuir asustadas por el viento. Un folio apareció, sin previo aviso, sobre el suelo entarimado; parecía que había sido arrastrado hacia dentro por la corriente. Planeó hasta chocar con las sandalias esparcidas sobre la madera. Olivia se agachó presurosa para cogerlo. Era un expresivo dibujo del mar; un sol amarillo y unas nubes algodonadas; luego, olas azules que arrastraban caracolas marinas y un caballito de mar que destacaba sobre el papel.

7:30
El despertador sonaba con insistencia sobre la mesita. Olivia abrió los ojos. La noche había resultado liviana aunque la previsión había sido de temperaturas nocturnas altas. Se acurrucó entre las sábanas haciendo crujir los muelles agarrotados de la cama. Tenía pereza por levantarse. Sin embargo, el despertador volvió a sonar.

Un café bien cargado sería ideal, pensó mientras se dirigía a darse una ducha. De repente, desde la parte opuesta de la casa, la radio comenzó a silbar como enloquecida y Olivia, deshaciendo sus pasos, cambió de dirección con tan solo un movimiento. Tras breves segundos, estaba metida en la cocina cacharreando y sintiendo el sopor caliente propio de la temporada. Abrió aún más los ventanales y percibió el soplo ligero del aire fresco procedente del jardín. Esperó unos segundos, estática; como queriendo atrapar ese momento. Se giró distraída; quizás, imbuida por el olor del jazmín que crecía sin prisas. Entonces, mientras oía el runrún de las noticias de las 8:10, buscó en la alacena aquel café que había comprado para moler. Y fue el insistente rugido del molinillo, lo que despertó a Olivia totalmente de su letargo; y consideró que hoy todo sería como de costumbre. La misma rutina de siempre y el mismo trabajo; por supuesto nada diferente. La misma gente, los compañeros antiguos y los que habían venido de nuevas. La misma vida bajo nubes viajeras que Olivia veía pasar desde la pequeña ventana de la oficina.

Y uno de tantos días, al regresar a casa, escuchó otra vez las voces de los niños de la casa de enfrente que volvían a jugar con su padre. Se acercó a la verja y saludó con la mano haciendo notar su presencia. Entonces Abdul, dándose por enterado, invitó a la chica a que entrara. Al abrir la cancela, ya ruinosa por el tiempo, Olivia lo observó  mover con gracia una manguera de goma de la que salía agua a borbotones; haciendo que escurriese toda su espuma en una piscina de plástico descolorido, para que de este modo, la presión del agua pareciese acabar en imaginarias olas. Los críos estallaban en gritería; se divertían y contentaban salpicándose unos a otros. Pasados unos minutos, Sami salió de la piscina con todo su pelo prieto en rizos acaracolados. Miró a Olivia con sus grandes ojos y seguidamente, sacó de debajo de una toalla un álbum repleto de dibujos coloreados. Abdul  comenzó a decir que, a Sami, le gustaba el mar. Pero desde que residían en España, nunca habían podido ir, ni siquiera en época de vacaciones.  El niño había nacido aquí, en España. Era el pequeño de tres y a sus cuatro años, preguntaba cómo era; sí, cómo era el mar y si alguna vez lo vería. Por eso, Abdul hacía un sinfín de dibujos para llenar su bloc, el valioso tesoro de Sami: olas marinas, azules y plateadas, estrellas de punta y caballitos de mar, erizos de púas aferrados a rocas o arena dorada sobre conchas rayadas. Y sintiendo el mar con su sal pegada en la misma piel, Olivia sonrió a Sami y se acordó de aquel folio perdido; el que días atrás había llegado vagabundo y por casualidad a su casa; quizás, arrastrado por el viento marino del salado mar. Le toqueteó el oscuro pelo y le dijo que ella también quería ver el mar bajo las peregrinas nubes…

Aquella noche, Olivia soñó con la tempestad y la sal; con embestidas y golpes de arena. Una sensación de desvelo se apoderó de ella haciendo que se sobresaltara bajo las sábanas; y hubo silencio y sombras. Se encontraba sola ante la soledad, abatida; como un barco perdido a la deriva con las velas hechas jirones.
Al día siguiente, se comunicó con Chema. Le pidió, solamente, un pequeño favor. El chico aceptó indulgente, mascullando que Olivia no tenía remedio; pero entre risas y Coca-Cola, acabaron la tarde ideando los planes precisos y ella, prometió ser prudente y traerle un regalo.

A los tres días partían rumbo al mar, el Mediterráneo. Sami miraba entusiasmado por el cristal. Las nubes los saludaban al paso de una canción lenta de Leonard Cohen que sonaba en M80 Radio. Olivia conducía la caravana de Chema atrapada por una emoción de aventura. Su flequillo se alborotaba por el aire inquieto que entraba por la ventanilla.  Y Abdul compartía la felicidad del viaje con el resto de la familia. Mientras cantaba en su idioma nativo, preparaba un té a la hierbabuena en la diminuta cocina.

La inolvidable experiencia de Olivia fue ver a Sami reír. Reír a carcajadas cuando las olas venían y lo atrapaban; sin miedos y sin reparos. Salía corriendo todo empapado, inocente se tiraba en la arena embadurnándose por completo; buscando con agitación  la presencia de ella. Y el aire se llenaba de fiesta y de risas. Ambos se divertían al tiempo que Abdul hacía fotos de todos; de los demás, de Omar y de Noah terminando con mamá un castillo de arena.

Los meses pasaron y Abdul junto con su familia, tuvo que partir a su país de origen. La falta de trabajo hizo que regresaran pronto a Marruecos; quizás, en busca de algo; puede que fuera mejor o peor de lo que ya tenían. Ahora, la casa quedó vacía y derrotada sin la alegría de los niños. La verja quedó desierta; desprovista de hojas y enredadas flores. Incluso los besos que se dieron bajo sus ramas se olvidaron entre sus huecos. Ni siquiera se veía volar a las golondrinas.
Olivia se encontraba sola; sola ante la soledad presente.

Tánger, mayo 2010
La campanilla había sonado con su oscilante tañido, dejando su eco metálico perdido en el horizonte. Me puse las babuchas y entré en la casa sintiendo su vaporoso aliento. Todavía notaba en mi rostro el reflejo dorado del atardecer.  Abrí con apremio y esa luz candorosa se fundió en una sonrisa. Un abrazo y montones de besos; toqueteos de pelo prieto en rizos acaracolados. Era Sami. Me cogió la mano y me pidió, como solía hacer todas esas azuladas tardes, que bajáramos a contemplar el mar. No podía decir que no y, como de costumbre, desde que vivía allí, descubriríamos el mar con sus historias; también las nuestras. Las que Sami y yo inventábamos bajo la luz de Tánger.


                                                                                                          





lunes, 25 de julio de 2016

Nido vacío

Microrrelato

No hemos vuelto a ese nido cargado de besos que un día dejamos. No hemos vuelto a escuchar el susurro del tiempo arrugando, poco a poco y lentamente, nuestros años. Dejamos todo atrás y sin pensar; únicamente partimos arrastrando una vieja maleta por el andén de una estación cualquiera. En ella, viajaron todos nuestros recuerdos amontonados; y todo ese amor contenido gritaba desesperado por esa tierra que abandonamos.  
Una tierra que, ahora, espera ansiosa que regresemos; que sucumbamos al calor de esos encaprichados besos…  los que curan, los que invaden el alma sin siquiera detenernos.






Palabras de café

Microrrelato que obtuvo 2º Accésit en el concurso de Relato Breve "Tono Escobedo"; categoría Generosidad.


Hoy es domingo. Me levanto sin prisa y con una sonrisa; tranquila y aún un poco dormida me recreo a través de la ventana. Unas nubes viajeras me saludan al tiempo que mis ojos se posan en el  frondoso castaño que hay en la plaza. Un viejo músico se cobija bajo sus ramas. Seguramente, amenizará mi mañana con palabras que de amor hablan… Melodías paso a paso aprendidas y puede que atesoradas en su memoria para ahora ser destapadas al viento; al afecto o el desamor de quién las escuche.
Me conmueve la imagen que observo desde mi ventana, tan improvisada quizás, puede que cándida y natural. Entonces, de repente y sin pensarlo dos veces, desaparezco en silencio sin hacer mucho ruido. Distraída y de puntillas me dejo enredar por unos alocados sentimientos que me conquistan sin todavía saber si obtendrán victoria. Nada puede eclipsar lo que siento en este momento.
Minutos después, estoy a su lado bajo la sombra fresca del espeso castaño. Nuestras miradas confluyen sin distinciones ni soledades. Le pongo en sus manos una humeante taza y él me regala baladas que de amor hablan…

Unos tarareos frágiles, pero con regusto a café caliente.

sábado, 16 de julio de 2016

El espectador del viento

Microrrelato seleccionado por el jurado para su publicación en la Antología "Recuerdos" de la editorial Letras con Arte.

Una neblina tímida y espesa se desdibujaba entre las farolas del parque. Ya casi no daban luz, pues parecían morir lentamente y sin compasión. Mateo permanecía aún recostado sobre un desvencijado banco que había encontrado como compañero de noche. Se pasó la mano por el rostro sintiendo su piel como papel; arrugada y áspera, al igual que las hojas esparcidas por el suelo. El desaliento había hecho morada en su alma, haciendo que todavía dudase de la fragilidad de la vida; era como si su interior fuera un nido enredado de pajas, malhumoradas y amargas, que tan solo servían para confundirse aún más sin ninguna caridad. Hacía frío y el viento se quejaba, haciendo que la humedad se acoplara en el ambiente como recién sacada de un paisaje invernal. Con esfuerzo metió una de sus manos, ya medio congelada, en uno de los bolsillos de su escaso abrigo. Palpó el interior como si buscase algo, quizás la esperanza. Notó una cosa pequeña, diminuta, casi imperceptible. Trató de agarrarla con fuerza para que no se escapara, y la sacó despacio pero con acierto. Resultó ser una simple lenteja.

Amanecía, deprisa o despacio, no lo pensaba…y la ilusión regresó de nuevo al imaginar que hoy, tal vez, comería lentejas en el albergue de la esquina. Y recordó, de pronto y sin aviso, aquel sabor casero al puchero que su madre le ponía sobre la mesa. Entonces, tropezó con una conmovedora imagen en su cabeza: cuando de niño, se ponía junto a ella contando las lentejas que después, durante toda la noche, se mantendrían en remojo; y aprendía a sumar tarareando cancioncillas infantiles que se enseñaban en la escuela. Y la vida era otra; tan diferente que, solamente aquel recuerdo de antaño, le hizo llorar sobre el desvencijado banco tan triste, tan frío. Ambos, solitarios espectadores de los recuerdos; de los momentos sublimes cargados de sensaciones, que volvían una y otra vez a su mente.

Y vio la luz del amanecer que sonreía para él y para el parque; haciendo que la neblina se perdiera, poco a poco, en el olvido de una claridad de tonos azules. Observó aquella simple lenteja sobre la palma de su mano, y decidió devolverla a su lugar de origen: su ajado bolsillo del abrigo.

Entonces, contempló de nuevo el cielo y todo…
Ahora, hasta la queja del viento, parecía más bonita que nunca.