lunes, 30 de octubre de 2017

Oscilante adiós

Microrrelato seleccionado por el jurado para su publicación en la Antología "Historias de Otoño e Invierno" de la editorial Letras con Arte.

Contemplaba el ligero verdor que, aún, se podía percibir en el entorno; pues, casi todo, se había desvanecido tras el estío desparramándose en matices dorados, rojizos y ocres desdibujados como hebras nervudas que se iban secando, poco a poco, al igual que la existencia misma. Y observó como la piel verdosa quedaba desnuda, frágil; esperando que el rocío de la mañana avivara, otra vez, aquel color flojo e inerte. Un rocío de un otoño que se hacía ver en las enredaderas atrapadas por los muros.
Y notaba que ese otoño había llegado sin pereza, arrugando y marchitando las formas naturales sin compasión alguna; para que la belleza, esa misma que había conquistado aquellos ennegrecidos muros, se evaporara como la misma vida. La que, también, se escapaba en silencio y sin decir, siquiera, nada.
Seguía mirando, casi sin pestañear; como el que quiere encontrar algo, puede que la esperanza. Y vio cómo caía, perdida y sola; esperando que el invierno la avejentara ya por completo, sin mirarla y sin tenerla en cuenta. Aguardando que la revolviera con su gélido viento, con el arropo de su constante frío para no volver tras los suspiros; aquellos con los que las ramas la dejaban olvidada y triste. Como la vida, pensó él; la de pocos o, quizás, la de muchos…; la que se borraba tras sus historias sin dejar, siquiera, huella.
Y vio otra hoja caer de nuevo; una más en la maraña. ¡Qué importaba! Ya nada. Porque el otoño se despediría con su oscilante adiós dando paso a un invierno deslucido y gris, sin matices ni radiantes colores; prolongando el vacío que dejarían las hojas, las que saturaban el parque y morían en la plazuela…
Porque el parque enmudecería desierto; perdiéndose entre sus árboles las vocecillas de los niños que jugaban al escondite. Y las vecinas ya no se juntarían para sus charlas en la plazuela. Porque ella, también, se adormecería con tan solo el murmullo de su fuente; subsistiría sombría bajo las estrellas.
                                                                                                          


sábado, 15 de julio de 2017

Caricias de arena


MICRORRELATO

Rabia cargada de olas que, entre lágrimas, chocan
en un abismo de sal que ruge y se estremece por frío…
Y él, tan frágil, en medio de espuma y plata.
Náufrago  que escucha, otra vez, el grito ahogado de la madre amada.
Rabia agónica de olas que, entre llantos, lo agitan;
y como un pez herido, lo olvidan en una playa cualquiera.
Y él, tan frágil, suspira. 
Abre su mano y besa…
Acaricia la esperanza sobre arena dorada.


miércoles, 21 de junio de 2017

ENTRE LIENZOS... TU SONRISA


El pasado 16 de febrero se publicó mi primera novela cuya historia de relojes que van y vienen va más allá del presente... Una historia que está removiendo las emociones de muchos lectores pues habla del amor que alumbra lo que perdura, porque es eterno y nunca se olvida. Un tiempo pasado lleno de recuerdos que vuelve a resurgir a través de unas cartas. Un homenaje a nuestros queridos abuelos que nos dejaron y aportaron tanto: su experiencia, su ternura y su pasión por la vida... Y, entre medias, mariposas.


Mi novela se puede adquirir en cualquier librería, en Amazon o en la Web de Editorial Celya. Os invito a leer esta historia que un día escribí para compartir...


jueves, 2 de febrero de 2017

Ni siquiera la bruma...


Relato seleccionado por el jurado para su publicación en la Antología "Sueños" de la editorial Letras con Arte.

La niebla penetraba en el horizonte dejando morir su sol al que no dejaba, ni siquiera, salir. Incluso las luces de unas embarcaciones, languidecían como descorazonadas por el frío del tiempo. La vida parecía ausentarse adormecida por el invierno; no se oía nada entre las rocas abatidas de silencios mudos y escasos recuerdos.

Aun así, algo parecía emerger sobre la arena, aunque fuera en secreto. Se levantaba como quién busca la luz, pero sin decir palabra; sin llorar ni gritar al viento.
A su lado, alguien abrió los ojos al infinito y miró bajo la frágil transparencia de sus propias lágrimas. Caían, sí; pero no derrotadas. Se abrían y dispersaban buscando el refugio de sus sueños; deshojando su corazón de miedo y devolviéndole sus anhelos. Y dentro de todos los sueños, había uno que existía en su mente y que, poco a poco, florecía; sin llorar ni gritar al viento.

Un rayo de timidez alumbraba en aquel horizonte que olía a sal y a esperanza. Y entonces, volvió a fijarse en la florecilla que brotaba entre las oquedades del acantilado; elevando sus hojas hacia la luz, realzando así su belleza. ¿Era real o, quizás, soñaba? Ni siquiera la bruma podía empequeñecerla. Ya, no era un secreto tierra adentro.

Y habló al viento. Le contó, despacio y en calma, su sueño: escapar entre las agitadas olas.

Entonces, le describió aquel lugar. El que imaginaba detrás del horizonte de humedad y niebla; aquel con el que fantaseaba desde que era niña y el cual, había oído decir, se perdía en el verde de profundos valles y en rojizos campos de amapolas salvajes. Donde el olor de las flores te sorprendía de pronto, y donde las gaviotas zancudas sobrevolaban el cielo; sin llorar, pero gritando al viento libertad.

Y el viento contestó apasionado, queriendo cumplir su sueño.

Las olas se adentraron estremeciendo la playa. Unos pies desnudos se dejaron acariciar por ellas. Entonces, suspiró. Y de un salto, entró en la barcaza junto a muchos más; y se despidió, dejando a la florecilla besar la arena.

Ahora, tan solo olió la sal del mar. La barcaza partió sin más; aventurera y sin rumbo. Ni siquiera la bruma podía empequeñecerla.

Y ella, se dejó llevar.

lunes, 9 de enero de 2017

Cuando las olas se hacen mar


Microrrelato inspirado en el recuerdo...
El verano se marchaba dejando que la humedad del otoño cayera sobre la plaza, con la atmósfera y la rutina de siempre; pues allí se juntaban los mismos que de costumbre; y él, casi nunca faltaba.
Era como un ser flotante e inseguro en medio de aquella plaza; pues cuando el cerebro se desplaza más allá del tiempo y del espacio, la mente se oscurece. Ya no tenía ideas propias ni casi recuerdos. Aquel señor de semblante dulce, era mi abuelo; pero pensé que podía ser otro cualquiera.
Y observé su mundo adentrándome en él, para descubrir que todo es posible si existe voluntad y amor. Que hay olas grandes que nos alcanzan e invaden, pero que luego pasan y se vuelven parte del mar, otra vez en calma. Y ese mar era bonito.
Me acerqué a él seducida por su esencia, y sonreí.
Quizás, fue para siempre.





domingo, 6 de noviembre de 2016

A través del cristal

Microrrelato seleccionado en la Categoría del color Naranja por el jurado del IV Concurso Literario Tono Escobedo para ser publicado en el libro "Los 7 colores del Arcoíris".


Despierto, en calma, para esperar un nuevo día. Hoy parece  que el viento se queja; pues a través de la ventana observo el caer de las hojas que desnudan, poco a poco, los árboles del otoño que quiere volver a sus tonos naranjas. Y, como cada día que transcurre, la veo aparecer tras el cristal haciéndome sonreír y querer, sin más, volar. Deslumbrante y apasionada, también viste de naranja. Baila ante mis ojos atrapándome con la dulzura de sus giros. Y, como por costumbre, se posa tranquila contrastando con el verde de una vieja maceta; haciendo caso omiso del viento que ruge queriéndola llevar tras él.

Alargo mi mano, todo lo que puedo, para poder tocarla. Pero únicamente, siento el frío cristal humedecido por el vaho de la mañana. Ni siquiera puedo incorporarme de esta cama que, impasible, me retiene como espectadora de la vida.

Y la vuelvo a contemplar queriendo acariciarla. Y ella se contonea graciosa ante mi frágil mirada, al ritmo del tic tac de un reloj de pared.
Pasa el tiempo, deprisa o despacio; y mientras, sueño.

El silencio habla.

Algún día podré volar, como ella…

Y besar sus anaranjadas alas de mariposa.

sábado, 22 de octubre de 2016

Vacío invernal






Relato seleccionado por el jurado para su publicación en la Antología "Vivencias" de la editorial Letras con Arte.

Puede que este relato tenga una parte real y otra imaginaria; pero lo que realmente queda en nuestras vidas, es esa esencia que nos dejaron y que siempre deja una profunda huella.

Recuerdo aquel verano en el que las cosas cambiaron de pronto, puede que no encontrasen su rumbo; pues aunque la vida ya se había ocupado de volver, poco a poco, esas cosas al revés, hubo un antes y un después que dejaron una huella en mi vida.

Era el tiempo en el que florecían los geranios en el patio de la casa. Ahora, la habitación del fondo ya no estaba desocupada  ni silenciosa. Alguien se dedicaba a que la radio sonase cada mañana y a leer el periódico casi a diario, descorriendo las cortinas para dejar que la luz se filtrase por los ventanales. 

El viento se mostraba poderoso; haciendo que los abultados geranios, que se veían a través de los cristales, se secasen lentamente por el estío. Y así como el viento iba y venía con sus aires de sofoco, el ritmo de la vida nos sorprendió; de tal manera, que fue invadiendo mi alma dejándola desconsolada.

Pues cuando la desmemoria ocupa una parte importante de la persona, haciéndose dueña de todo su ser, hay un vacío que prospera hasta llegar al invierno; ese invierno que deja atrás el verano en el que, incluso los sueños, se borran sin dejar pasado. Entonces, son las hojas rejuntadas en el patio, las que ya parecen tener frío, o puede que tengan miedo. Ese miedo que nos alcanza dejándonos heridos…; cuando la mente de alguien se escapa por los rincones, sin saber el porqué, o sin atender a razones.

Y eso fue lo que ocurrió aquel agosto. Ese alguien que cada día encendía su radio y desdoblaba el periódico con sus arrugadas manos, era mi abuelo. Poco a poco, sus vivencias desaparecieron bajo el frío y la oscuridad de su percepción. Y aunque aún reía, su risa se agotó despacio bajo las sombras de la habitación del fondo. 

Ni siquiera se oía el runrún de las tertulias que cada día escuchaba; pues aquella vieja radio también moría con él. Y sus recuerdos, dejaron de llenar su soledad haciéndola más profunda o, quizás, más triste; porque lo conocido, ahora se olvidó como si tuviera prisa por alejarse, de él y de nuestras vidas. Así, los placenteros colores que nos regaló aquel verano, volaron…; alterándose, de repente, por colores cenicientos que quedaron.

Pero hoy, ha vuelto a amanecer; y no es poco.