Por
la calle...
Las hojas se vuelven amarillas y ocres con el paso lento del
otoño incierto que envejece con el tiempo. Revoltosas embeben el vaho del suelo
y aromas desprenden al azul del cielo.
Camino absorta entre gente y prisas. No veo a nadie que
siquiera pare a mirar al mimo en la
calle Vieja. Con su cara pintada hace gestos al aire y sus ojos vacíos se nublan y pierden en cansadas lágrimas que
en rostro de cera conserva marcadas con pinturas añejas. Nadie se fija en el
pobre mimo ni en aquel viejo músico que en un rincón canta bellas canciones que
de amor hablan.
Al ir avanzando percibo cerca aromas diversos que recuerdan a
invierno. Aquella muchacha que mis ojos contemplan, solitaria y tímida bajo
desnudas ramas. Resguarda sus manos en
delantal negro que cubre su falda de paño y lana. Con arte desliza cucuruchos
de plata que llena y rellena de castañas asadas.
El antiguo café luce repleto con sus lamparitas verdes y
cortinas a juego. Chocolate caliente y bollitos de miel, con presteza se sirven
en mesitas redondas de color pastel. Advierto el bullir desde el ventanal e
imagino tertulias del vivir diario que entretejen poemas, palabras y versos de
temas sinfín.
Pero…
ante todos escapan, el mimo, el músico… la castañera.
Lenta cae la tarde sobre la existencia, confusa, extraña para
mí y demás gentes que transitan la calle sin pensar en nada. La lluvia cae
sobre mi paraguas. Sus finas gotas resbalan torpes, caen perdidas sobre el
empedrado. El tiempo pasa sin que me dé cuenta, envolviendo todo de espesura y
bruma. La humedad asola la calle Vieja, dormita, ya la noche sigilosa asoma.
Las hojas mueren bajo mis pisadas, forman un manto sobre la
calzada.
El triste mimo recoge su caja que apenas guarda monedas
doradas. La joven muchacha se pierde a lo lejos y el bohemio músico llama a su
perro, juntos se marchan con su guitarra. Recorren la calle, la calle Vieja,
entre hojas granates, amarillas y ocres.