martes, 12 de diciembre de 2017

Cadenza improvisada

Relato seleccionado para formar parte del libro "LAS 7 NOTAS MUSICALES" en el V Concurso nacional TONO ESCOBEDO de Relatos Breves 2017 en la Categoría Sol.

Amanecía lentamente, como si no quisiera hacerlo. Aún permanecía tirada sobre las baldosas verde oliva. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que…

El silencio suspiraba entre las luces y sombras que se desdibujaban por la estancia. Rota por el dolor, parecía una oruga replegada sobre su piel desnuda; con ausencia de movimiento, inerte y frágil. Ni siquiera sentía el calor que había abandonado la tibieza de la chimenea, ahora apática e insensible a las brasas avivadas por el fuelle. Intentó abrir los párpados derrotados por el sufrimiento, pero le costaba trabajo. Seguían perezosos y abultados, tan solo marcados por una tonalidad violácea. Se sentía pequeña y abandonada sobre las duras baldosas que la subyugaban.

Unos acordes resonaron en la lejanía. Tal vez, una pieza o un fragmento de una obra; pensó. Sería el vecino ensayando con su piano. La cadenza… ese vocablo italiano de estilo tan “libre”. Y una nota musical, tan solo una, le hizo extenderse sobre el verde oliva, dejando olvidados el dolor y las tristezas.

Sol. Y los rayos del sol se entrevieron tras los cristales, desprendiendo toda su luz. La vida emergía después de la oscura noche.

Nunca más sería oruga…alzaría el vuelo como mariposa.

lunes, 30 de octubre de 2017

Oscilante adiós

Microrrelato seleccionado por el jurado para su publicación en la Antología "Historias de Otoño e Invierno" de la editorial Letras con Arte.

Contemplaba el ligero verdor que, aún, se podía percibir en el entorno; pues, casi todo, se había desvanecido tras el estío desparramándose en matices dorados, rojizos y ocres desdibujados como hebras nervudas que se iban secando, poco a poco, al igual que la existencia misma. Y observó como la piel verdosa quedaba desnuda, frágil; esperando que el rocío de la mañana avivara, otra vez, aquel color flojo e inerte. Un rocío de un otoño que se hacía ver en las enredaderas atrapadas por los muros.
Y notaba que ese otoño había llegado sin pereza, arrugando y marchitando las formas naturales sin compasión alguna; para que la belleza, esa misma que había conquistado aquellos ennegrecidos muros, se evaporara como la misma vida. La que, también, se escapaba en silencio y sin decir, siquiera, nada.
Seguía mirando, casi sin pestañear; como el que quiere encontrar algo, puede que la esperanza. Y vio cómo caía, perdida y sola; esperando que el invierno la avejentara ya por completo, sin mirarla y sin tenerla en cuenta. Aguardando que la revolviera con su gélido viento, con el arropo de su constante frío para no volver tras los suspiros; aquellos con los que las ramas la dejaban olvidada y triste. Como la vida, pensó él; la de pocos o, quizás, la de muchos…; la que se borraba tras sus historias sin dejar, siquiera, huella.
Y vio otra hoja caer de nuevo; una más en la maraña. ¡Qué importaba! Ya nada. Porque el otoño se despediría con su oscilante adiós dando paso a un invierno deslucido y gris, sin matices ni radiantes colores; prolongando el vacío que dejarían las hojas, las que saturaban el parque y morían en la plazuela…
Porque el parque enmudecería desierto; perdiéndose entre sus árboles las vocecillas de los niños que jugaban al escondite. Y las vecinas ya no se juntarían para sus charlas en la plazuela. Porque ella, también, se adormecería con tan solo el murmullo de su fuente; subsistiría sombría bajo las estrellas.
                                                                                                          


martes, 22 de agosto de 2017

La bailarina de arena



El reloj de pared marcó las doce. Un recuerdo contuvo el instante, como si fuera una cámara fotográfica que se acabara de disparar. Mientras, la fragilidad de su imagen se deshacía frente al espejo como evaporándose en un mar de lágrimas rotas. Entonces, buscó el móvil dentro del bolso y marcó el número que había conservado durante mucho tiempo en su agenda de contactos.

París, 2007. El ovalado espejo parecía tambalearse ante ella. Su pelo rojizo en forma de bucles se dejaba caer sobre sus desnudos hombros. Resaltaba su vestido de seda y tul, tan hermoso y etéreo que estremecía; quizás eran sus finos pliegues, combinados en una tonalidad opaca sobre un ocre empalidecido, los que se movían sutiles al compás de una danza de Strauss que se escuchaba por toda la sala. Flora, simplemente, se dejaba llevar. Quería sentir la dulzura de la música calando de lleno en su alma, como si fuera la lluvia cuando invade la tierra seca, amándola y dejando su rastro en aflojados charcos que salpican cuando los pisas. 

Y así, como sin querer, desvió la mirada a fin de tranquilizarse, aunque fuera tan solo un poco. Ante sus ojos, varias copias de Degas exhibían delicadas bailarinas en una sala de ensayo. Una leve sonrisa se trazó en su rostro sintiendo que el nerviosismo se demudaba por serenidad y alivio. Volvió a anudarse las zapatillas marfil que conjuntaban con el vestido, modelo “Volé” 1990. Se retocó parte de los bucles que recogió en un rodete y se repasó el escaso carmín de los labios. Tras los ventanales, se percibía un tenue rayo de sol muriendo débilmente en el ocaso; y entre las luces y sombras del oscurecer, la luna quería asomar para disfrutar del baile…aunque fuera sola. Sin embargo, transcurridos unos breves minutos, un ligero chubasco hizo acto de presencia.
El teatro estaba abarrotado. Todo parecía perfecto para aquella noche de noviembre en la que Flora se dejaba querer por la emoción del momento. Salió aprisa de la sala decidida del todo a triunfar. 

Los bailarines permanecían en calma tras las bambalinas. La música se dejó sonar y las voces del público se acallaron en el más silente de los silencios.

De pronto, un giro inesperado. Flora cayó al suelo como una marioneta inerte. ¡Zas! La orquesta paró de repente, extinguiéndose el delicioso sonido de los instrumentos en un eco perdido y amargo. Nada era ya igual, incluso el decorado simulaba desvanecerse como un trazo de óleo diluyéndose baboso por un triste lienzo.
El tiempo se paró para siempre…

2012, España. Marcó el número que aparecía en su móvil; aún temblaba y, seguramente, su voz sonaría entrecortada. Pero, después de tanto tiempo, necesitaba volver a sentir el susurro de una melodía y la cadencia de sus acordes. Quizás, soñar otra vez y de puntillas. Se sentía arena desnuda en una playa olvidada, seca y áspera, tan solo cautivada por los rayos de un sol ardiente. Entonces, el oleaje de espuma llegaba y la cubría templándola, dejándola toda mojada; pero las olas volvían, otra vez sedientas, al ancho mar. Y la abandonaban dibujando su rastro, prometiendo regresar sin tardar. Y era cuando esa arena se acicalaba de sal, quedando en la orilla su polvo de nácar…
Al otro lado de la línea, una voz cálida y masculina contestó. Era él, sin ninguna duda; su añorado profesor. Parecía que nada había cambiado. Y sin aviso, una desatada sonrisa se perfiló en el rostro de Flora, iluminando atrevida su alma.
Ella, resurgió sin más…
Y unos tímidos acordes suspiraron en el silencio.


sábado, 15 de julio de 2017

Caricias de arena


MICRORRELATO

Rabia cargada de olas que, entre lágrimas, chocan
en un abismo de sal que ruge y se estremece por frío…
Y él, tan frágil, en medio de espuma y plata.
Náufrago  que escucha, otra vez, el grito ahogado de la madre amada.
Rabia agónica de olas que, entre llantos, lo agitan;
y como un pez herido, lo olvidan en una playa cualquiera.
Y él, tan frágil, suspira. 
Abre su mano y besa…
Acaricia la esperanza sobre arena dorada.


miércoles, 21 de junio de 2017

ENTRE LIENZOS... TU SONRISA


El pasado 16 de febrero se publicó mi primera novela cuya historia de relojes que van y vienen va más allá del presente... Una historia que está removiendo las emociones de muchos lectores pues habla del amor que alumbra lo que perdura, porque es eterno y nunca se olvida. Un tiempo pasado lleno de recuerdos que vuelve a resurgir a través de unas cartas. Un homenaje a nuestros queridos abuelos que nos dejaron y aportaron tanto: su experiencia, su ternura y su pasión por la vida... Y, entre medias, mariposas.


Mi novela se puede adquirir en cualquier librería, en Amazon o en la Web de Editorial Celya. Os invito a leer esta historia que un día escribí para compartir...


jueves, 2 de febrero de 2017

Ni siquiera la bruma...


Relato seleccionado por el jurado para su publicación en la Antología "Sueños" de la editorial Letras con Arte.

La niebla penetraba en el horizonte dejando morir su sol al que no dejaba, ni siquiera, salir. Incluso las luces de unas embarcaciones, languidecían como descorazonadas por el frío del tiempo. La vida parecía ausentarse adormecida por el invierno; no se oía nada entre las rocas abatidas de silencios mudos y escasos recuerdos.

Aun así, algo parecía emerger sobre la arena, aunque fuera en secreto. Se levantaba como quién busca la luz, pero sin decir palabra; sin llorar ni gritar al viento.
A su lado, alguien abrió los ojos al infinito y miró bajo la frágil transparencia de sus propias lágrimas. Caían, sí; pero no derrotadas. Se abrían y dispersaban buscando el refugio de sus sueños; deshojando su corazón de miedo y devolviéndole sus anhelos. Y dentro de todos los sueños, había uno que existía en su mente y que, poco a poco, florecía; sin llorar ni gritar al viento.

Un rayo de timidez alumbraba en aquel horizonte que olía a sal y a esperanza. Y entonces, volvió a fijarse en la florecilla que brotaba entre las oquedades del acantilado; elevando sus hojas hacia la luz, realzando así su belleza. ¿Era real o, quizás, soñaba? Ni siquiera la bruma podía empequeñecerla. Ya, no era un secreto tierra adentro.

Y habló al viento. Le contó, despacio y en calma, su sueño: escapar entre las agitadas olas.

Entonces, le describió aquel lugar. El que imaginaba detrás del horizonte de humedad y niebla; aquel con el que fantaseaba desde que era niña y el cual, había oído decir, se perdía en el verde de profundos valles y en rojizos campos de amapolas salvajes. Donde el olor de las flores te sorprendía de pronto, y donde las gaviotas zancudas sobrevolaban el cielo; sin llorar, pero gritando al viento libertad.

Y el viento contestó apasionado, queriendo cumplir su sueño.

Las olas se adentraron estremeciendo la playa. Unos pies desnudos se dejaron acariciar por ellas. Entonces, suspiró. Y de un salto, entró en la barcaza junto a muchos más; y se despidió, dejando a la florecilla besar la arena.

Ahora, tan solo olió la sal del mar. La barcaza partió sin más; aventurera y sin rumbo. Ni siquiera la bruma podía empequeñecerla.

Y ella, se dejó llevar.

lunes, 9 de enero de 2017

Cuando las olas se hacen mar


Microrrelato inspirado en el recuerdo...
El verano se marchaba dejando que la humedad del otoño cayera sobre la plaza, con la atmósfera y la rutina de siempre; pues allí se juntaban los mismos que de costumbre; y él, casi nunca faltaba.
Era como un ser flotante e inseguro en medio de aquella plaza; pues cuando el cerebro se desplaza más allá del tiempo y del espacio, la mente se oscurece. Ya no tenía ideas propias ni casi recuerdos. Aquel señor de semblante dulce, era mi abuelo; pero pensé que podía ser otro cualquiera.
Y observé su mundo adentrándome en él, para descubrir que todo es posible si existe voluntad y amor. Que hay olas grandes que nos alcanzan e invaden, pero que luego pasan y se vuelven parte del mar, otra vez en calma. Y ese mar era bonito.
Me acerqué a él seducida por su esencia, y sonreí.
Quizás, fue para siempre.